¿Reconocer al otro para el enriquecimiento mutuo?

ALUMNOS:
José Antonio Negrete Flores
Homero Fernández Barajas
Lo primero que ha de saltar a la
vista es la innegable realidad de interrelaciones personales multiculturales e
interculturales a la vez, es decir, en un mundo global ya interactúan las
personas con toda su diversidad, manifestación de ello son tanto la convivencia
armónica como el conflicto mismo.
Se
ha de asentar, desde este momento, que sí se está de acuerdo en que la educación
intercultural es necesaria y que es imperante el establecimiento de patrones
educativos urgentes tales como el reconocimiento, respeto y tolerancia para
poder hablar de una verdadera educación intercultural. En lo que no se está de
acuerdo es en la idea manifiesta que movería tal propósito educacional, es
decir, educar para el enriquecimiento mutuo.
A
primera vista parece algo bueno el reconocer que no soy una persona acabada, y
eso significa que mi dimensión cultural no es plena, que sí me humaniza, pero
hay algo más. De igual manera se manifestaría como algo benéfico decir que el
otro no tiene la verdad cultural absoluta y acabada, sino que se puede enriquecer en el contacto con
los otros que son “diferentes”. Podría parecer algo maravilloso pero, en
ámbitos multiculturales, eso es una falacia y ya, de entrada, algo
discriminatorio. Una falacia en dos sentidos. Primero, para poder descubrir qué
elementos son más valiosos y poderlos integrar se necesitan referentes
objetivos ¿de dónde lo tomaría? ¿de mi cultura o de la cultura del otro? Eso implicaría que lo tengo que juzgar desde
ámbitos distintos. Además, ¿quién proporcionaría tales referentes y con qué
patrones e intenciones?; segundo, no es más que la misma presión de la cultura
dominante insaciable en su consumo, incluso de cultura y diversidad. Es
discriminatoria, porque en la lógica del reconocimiento no se implica una
necesaria modificación, reconocerse a uno mismo es descubrirse tal cual y
reconocer al otro implicaría el mismo derecho a ser visto como tal y no como
alguien de quien puedo sacar un provecho, que me ha de modificar y que, por
ende, le debo modificar. En resumidas cuentas eso sería un simple
asimilacionismo y es discriminatorio. Es cierto que la comunicación implica un
compartir, pero no necesariamente una modificación o intercambio. Cuando el
reconocimiento lo que implica es simplemente respeto, un respeto mutuo a la
diversidad.
Una
verdadera educación debe estar centrada en un reconocimiento real, tanto de uno
mismo y su espacio cultural, como del otro y su diversidad cultural. Un
reconocimiento no tanto que exalte y ensoberbezca a la persona, sino un
reconocimiento que, desde el inicio, de herramientas sólidas para reconocer sus
dimensiones culturales, es decir, su proceso de humanización en tal cultura
determinada y ser muy consciente de que hay otras personas que se humanizan en
otras culturas determinadas y, si desea compartir sanamente con ellas, necesita
ser muy consciente de su riqueza y encontrar seguridad en ello, de lo
contrario, ni puede compartir aquello de lo que no es consciente y ni puede
descubrir valiosa la alteridad que se le
presenta. En ese preciso momento surge el respeto a sí mismo y al otro. La
tolerancia sería un recurso para aquellos momentos en que no logre identificar
el fundamento del otro o su base, pero igual tendrá que ser transitoria porque
la educación debe ofrecer elementos necesarios para no quedar indiferente sino,
al contrario, le ha de ocupar la diversidad del otro, no con el afán de
asimilarle, ni de imponerle, sino por el simple hecho de conocerle y asombrarse
ante tal prodigio. Sólo cuando somos diferentes nos damos cuenta del otro.
Así,
será necesario que la educación modifique sus propuestas y competencias
educativas. Por ejemplo se necesita restaurar la historia unilateral, porque la
historia no es el hecho de un solo grupo social o personajes humanos, sino que
coexisten muchos grupos sociales y personajes humanos diversos. No sólo se
puede enseñar la historia de unos como los más indicados para estar en este
planeta, sino que ha de ser una verdadera historia intercultural; todavía más,
todas las demás materias han de manifestar este mismo caris, además de que sea
diferenciado el elemento oferta y demanda mercantil, del espacio formativo, al
menos hasta niveles medios, para que el educando pueda asumir libremente su
cultura y no caer en la corriente voraginosa que arrastra tras la novedad o
tras la ilusión de realización en el consumo, es decir, cambiar por cambiar y
ver lo novedoso como mejor que lo antiguo, lo dominante mayoritario con mayor
valor que la minoría apabullada.
CONCLUSIONES.
Una verdadera educación se ha de
cimentar en la base del respeto a la diversidad del otro y su riqueza. Sólo en
el respeto se manifestará el pleno reconocimiento tanto de sí como del otro.
Una
consecuencia social implícita en esta reflexión afectaría a la sociedad toda.
Esta consecuencia implicaría que la sociedad toda entre en este mismo
dinamismo. Cosa más utópica aun cuando no se han tenido estos referentes pero,
según la experiencia, si lo que se ve en los centros educativos formales no se
descubre relacionado en la práctica social, esto queda como algo secundario,
incluso en el olvido.
En
ámbitos de contenidos educativos no se trataría de sólo hacer un anexo a parte,
tampoco el de integrar unos elementos como corolarios a los ya establecidos
sino que, una verdadera visión educativo intercultural, implicaría la
modificación total de la currícula educativa y la pedagogía para la impartirla.
Implica un verdadero cambio de perfil y perspectiva.
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