jueves, 6 de agosto de 2015

LA EDUCACIÓN INTERCULTURAL


¿Reconocer al otro para el enriquecimiento mutuo?

 

 
 
 
 
 
 
 
ALUMNOS:

José Antonio Negrete Flores

Homero Fernández Barajas

 

            Lo primero que ha de saltar a la vista es la innegable realidad de interrelaciones personales multiculturales e interculturales a la vez, es decir, en un mundo global ya interactúan las personas con toda su diversidad, manifestación de ello son tanto la convivencia armónica como el conflicto mismo.

 

Se ha de asentar, desde este momento, que sí se está de acuerdo en que la educación intercultural es necesaria y que es imperante el establecimiento de patrones educativos urgentes tales como el reconocimiento, respeto y tolerancia para poder hablar de una verdadera educación intercultural. En lo que no se está de acuerdo es en la idea manifiesta que movería tal propósito educacional, es decir, educar para el enriquecimiento mutuo.

 

A primera vista parece algo bueno el reconocer que no soy una persona acabada, y eso significa que mi dimensión cultural no es plena, que sí me humaniza, pero hay algo más. De igual manera se manifestaría como algo benéfico decir que el otro no tiene la verdad cultural absoluta y acabada, sino  que se puede enriquecer en el contacto con los otros que son “diferentes”. Podría parecer algo maravilloso pero, en ámbitos multiculturales, eso es una falacia y ya, de entrada, algo discriminatorio. Una falacia en dos sentidos. Primero, para poder descubrir qué elementos son más valiosos y poderlos integrar se necesitan referentes objetivos ¿de dónde lo tomaría? ¿de mi cultura o de la cultura del otro?  Eso implicaría que lo tengo que juzgar desde ámbitos distintos. Además, ¿quién proporcionaría tales referentes y con qué patrones e intenciones?; segundo, no es más que la misma presión de la cultura dominante insaciable en su consumo, incluso de cultura y diversidad. Es discriminatoria, porque en la lógica del reconocimiento no se implica una necesaria modificación, reconocerse a uno mismo es descubrirse tal cual y reconocer al otro implicaría el mismo derecho a ser visto como tal y no como alguien de quien puedo sacar un provecho, que me ha de modificar y que, por ende, le debo modificar. En resumidas cuentas eso sería un simple asimilacionismo y es discriminatorio. Es cierto que la comunicación implica un compartir, pero no necesariamente una modificación o intercambio. Cuando el reconocimiento lo que implica es simplemente respeto, un respeto mutuo a la diversidad.

 

Una verdadera educación debe estar centrada en un reconocimiento real, tanto de uno mismo y su espacio cultural, como del otro y su diversidad cultural. Un reconocimiento no tanto que exalte y ensoberbezca a la persona, sino un reconocimiento que, desde el inicio, de herramientas sólidas para reconocer sus dimensiones culturales, es decir, su proceso de humanización en tal cultura determinada y ser muy consciente de que hay otras personas que se humanizan en otras culturas determinadas y, si desea compartir sanamente con ellas, necesita ser muy consciente de su riqueza y encontrar seguridad en ello, de lo contrario, ni puede compartir aquello de lo que no es consciente y ni puede descubrir valiosa  la alteridad que se le presenta. En ese preciso momento surge el respeto a sí mismo y al otro. La tolerancia sería un recurso para aquellos momentos en que no logre identificar el fundamento del otro o su base, pero igual tendrá que ser transitoria porque la educación debe ofrecer elementos necesarios para no quedar indiferente sino, al contrario, le ha de ocupar la diversidad del otro, no con el afán de asimilarle, ni de imponerle, sino por el simple hecho de conocerle y asombrarse ante tal prodigio. Sólo cuando somos diferentes nos damos cuenta del otro.

 

Así, será necesario que la educación modifique sus propuestas y competencias educativas. Por ejemplo se necesita restaurar la historia unilateral, porque la historia no es el hecho de un solo grupo social o personajes humanos, sino que coexisten muchos grupos sociales y personajes humanos diversos. No sólo se puede enseñar la historia de unos como los más indicados para estar en este planeta, sino que ha de ser una verdadera historia intercultural; todavía más, todas las demás materias han de manifestar este mismo caris, además de que sea diferenciado el elemento oferta y demanda mercantil, del espacio formativo, al menos hasta niveles medios, para que el educando pueda asumir libremente su cultura y no caer en la corriente voraginosa que arrastra tras la novedad o tras la ilusión de realización en el consumo, es decir, cambiar por cambiar y ver lo novedoso como mejor que lo antiguo, lo dominante mayoritario con mayor valor que la minoría apabullada.

 

CONCLUSIONES.

 

            Una verdadera educación se ha de cimentar en la base del respeto a la diversidad del otro y su riqueza. Sólo en el respeto se manifestará el pleno reconocimiento tanto de sí como del otro.

 

Una consecuencia social implícita en esta reflexión afectaría a la sociedad toda. Esta consecuencia implicaría que la sociedad toda entre en este mismo dinamismo. Cosa más utópica aun cuando no se han tenido estos referentes pero, según la experiencia, si lo que se ve en los centros educativos formales no se descubre relacionado en la práctica social, esto queda como algo secundario, incluso en el olvido.

 

En ámbitos de contenidos educativos no se trataría de sólo hacer un anexo a parte, tampoco el de integrar unos elementos como corolarios a los ya establecidos sino que, una verdadera visión educativo intercultural, implicaría la modificación total de la currícula educativa y la pedagogía para la impartirla. Implica un verdadero cambio de perfil y perspectiva.

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario